Por: Miguel Jacinto
El cambio es necesario para cumplir metas y propósitos en nuestras vidas. Nos mudamos a un nuevo lugar en la búsqueda de mejores oportunidades laborales, educativas o familiares. La Biblia está llena de ejemplos donde Dios impulsa, permite o demanda cambios radicales que llevan al crecimiento, la transformación y la restauración. Abraham dejó su tierra para cumplir los propósitos eternos de Dios (Génesis 12:1). Pablo de camino a Damasco fue transformado de perseguidor a apóstol (Hechos 9). El cambio no es una amenaza, sino una invitación divina a algo mejor.
Dios produce el cambio en Su creación
Aunque la naturaleza y el carácter de Dios son inmutables (Malaquías 3:6), constantemente obra cambios para cumplir sus propósitos eternos. “Dios cambia los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes” (Daniel 2:21). Esta soberanía de Dios sobre los procesos de la vida y la historia humana nos recuerda que el cambio no es caos, sino parte del orden providencial del Señor para beneficio de sus criaturas.
La conversión a Cristo es un cambio radical
La conversión a Cristo es un cambio profundo de mente, corazón y dirección. Pablo escribe: “De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Nuestra relación personal con Cristo afecta nuestra identidad, nuestra conducta y nuestra esperanza de una vida eterna. Transforma nuestra vida desde adentro hacia afuera. Recibimos un nuevo corazón y propósito eterno.
El crecimiento espiritual requiere cambio
El apóstol Pablo nos exhorta diciendo: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:2). La palabra “transformaos” indica un cambio profundo, como el que ocurre en la metamorfosis de una mariposa. Los creyentes estamos llamados a no adaptarnos (amoldarnos) al sistema del mundo, sino a renovarnos continuamente según la voluntad de Dios. El cambio no es obra de voluntad humana solamente, sino fruto de las acciones divinas de quienes nos rendimos a Él.
Los cristianos no debemos temer al cambio. Más bien, debemos orar como el salmista: “Examíname, oh Dios… y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmo 139:23-24).
