Joás tenía siete años cuando su tío, Joiada, conspiró y ejecutó una revolución contra el gobierno y lo puso en el trono. Ésta es una interesante historia de la Biblia llena de violencia, en los que se incluye numerosos homicidios. (¿Quien dice que la Biblia es un libro aburrido?)
Joiada era un sacerdote en Judá (el reino del sur de Israel), casado con Josabet, la hija de Atalía quien estaba reinando cuando Joiada llevó a cabo su revolución. Atalía era su suegra, pero esa no es la razón por la que Joiada la quiso eliminar. Atalía era una mujer egoísta, malvada y de sangre fría. Su hijo, Ocozías había sido el rey legitimo (de la línea real de David) pero cuando murió (también por homicidio) su madre decidió exterminar a todos los hijos de Ocozías (sus propios nietos) y se auto nombró reina de Judá.
Joás era un bebé cuando Atalía usurpó el trono y hubiera muerto junto con sus hermanos sino hubiera sido por su tía Josabet quien logró rescatarlo secretamente.
Josabet y Joiada mantuvieron a Joás escondido por siete años y fue entonces que Joiada llevó a cabo el golpe de estado. Joiada reunió en el templo a los levitas (sacerdotes) de todas las ciudades de Judá, los armó de espadas, rodearon al niño Joás, le ungieron con aceite, pusieron la corona en su cabeza y gritaron, “¡Viva el Rey!” Por supuesto la vil Atalía se enteró de la revolución y cuando vino al templo para investigar, la mataron.
Joiada sirvió de consejero para su sobrino y la Biblia dice que el Rey Joás sirvió a Jehová todos los días que vivió su tío. Uno de los buenos actos que hizo Joás fue la reparación del templo pues insistió en que se recolectara dinero para reparar la casa de Dios. Joiada siguió aconsejando al Rey hasta que murió a los 130 años. Lo enterraron en el cementerio de los reyes porque “había hecho mucho bien con Israel, y para con Dios, y con su casa”. (2 Crónicas 24:16) Lastimosamente, la vida del Rey Joás tomó un enorme giro en la dirección opuesta después que murió Joiada.
La Biblia dice que se le acercaron los príncipes de Judá y él les oyó. Los consejos de estos príncipes no eran muy sanos porque inmediatamente ocurrieron dos cambios en la vida de Joás. En primer lugar, desertó del templo, ya no le interesaba mantenerlo en buenas condiciones, ni siquiera lo visitaba porque comenzó a adorar símbolos de Asera e imágenes esculpidas.
Dios no se quedó sentado. Leemos que “la ira de Dios vino sobre Judá y Jerusalén por este pecado”. (2 Crónicas 24:18). El Señor mandó profetas para hacer que Joás recapacitara pero no los escuchó. Uno de estos profetas era su primo Zacarías, hijo del sacerdote Joiada. Seguramente estos dos hombres habían crecido juntos y eran como hermanos, sin embargo, dejándose influenciar por sus nuevas amistades, el Rey Joás decidió callar a Zacarías y mando apedrearlo en el patio de la casa de Jehová.
¿Como pudo su vida dar un giro tan grande? La respuesta es sencilla pero profunda: las malas amistades corrompen las buenas costumbres. Generalmente pensamos que los jóvenes son los que fácilmente se dejan llevar por malas amistades pero aun los adultos podemos caer en esta trampa.
Volviendo a la historia de Joás, al año de la muerte de Zacarías, Dios mandó el ejército de Siria contra Judá y Jerusalén y leemos que “destruyeron en el pueblo a todos los principales de él”. (2 Crónicas 24:23). Aunque el ejército de Joás era muy numeroso, Dios le dio la victoria a Siria que tenía “poca gente”.
Pero la historia no termina allí. Poco tiempo después, los siervos de Joás conspiraron contra él y lo mataron. No lo enterraron en los sepulcros de los reyes como lo habían hecho con su tío Joiada pues, aunque tuvo un buen comienzo, terminó su vida en deshonra.
Esta historia nos deja una lección importante de que no importa cuán noble haya sido nuestro servicio para el Señor durante nuestra juventud. Dios requiere que sus hijos sean fieles hasta el fin. No permita que su final sea de deshonra. Vuelva al Señor quien es amplio en perdonar.
