Cuando entré en el salón, alguien comentó que Deana no estaba ahí esa noche. Inmediatamente pregunté si la clase estaba cancelada. Una señora me contestó con brusquedad que no. Ella era la sustituta.
Estaba tomando clases de ejercicio aeróbico en el gimnasio y sentí que me estaba ayudando mucho a disminuir el estrés, dormir mejor y tener más energía. Mi vecina y yo íbamos juntas, lo cual nos motivaba a ser fieles a este compromiso.
Que hubiera una sustituta no me molestó. Asumí que todas las maestras usan más o menos las mismas rutinas y que no sería difícil seguirla. Sin embargo, en el primer minuto de la clase me di cuenta que estaba muy equivocada. La sustituta se disculpó porque ya había dirigido cuatro clases ese día y no tenía mucha energía. Pero afirmó que no tendría problemas para dirigirnos y que probablemente tenía ella más energía que nosotros.
Comenzó la música y nos dio la orden del primer ejercicio, pero ella se quedó atrás de la clase sin participar. Yo no la entendí y fruncí el rostro en confusión. Ella inmediatamente me empezó a atacar preguntándome ¿por qué tenía una expresión tan confusa? Le dije que no le había entendido y le pregunté si ella iba a venir al frente para dirigirnos. Dijo que sí, pero que estaba ajustando el volumen de la música. Siendo que no tenía la más mínima idea de qué hacer, me quedé esperando. Esto no le agradó y se quejó. Me disculpé diciendo que no tenía idea de que nos estaba pidiendo hacer.
En esos momentos me entró un fuerte deseo de abandonar la clase e ir a las máquinas o ver si había otra clase a la que me podía unir. Resistí, sin embargo, con la esperanza de que todo mejorara una vez que ella se pusiera al frente. Creo que ella se imaginó que iba a poder dar las instrucciones desde atrás sin tener que hacer los ejercicios y le disgustó al darse cuenta que no le iba funcionar el plan.
Yo me había acostumbrado a siempre tener los ojos puestos en Deana. Ella es de color, a veces no entiendo su acento, especialmente con la música a todo volumen. Pero puedo imitarla y lograr hacer el ejercicio. Además, Deana siempre anunciaba un ejercicio e inmediatamente comenzaba una cuenta regresiva de ocho repeticiones. Esto permitía que supiéramos cuándo iba a terminar ese ejercicio y nos preparabamos mentalmente para recibir la siguiente instrucción.
Nuestra sustituta, sin embargo, no siguió este patrón. Ella nombraba ejercicios sin hacer un número fijo de repeticiones lo cual era confuso. Cambiaba ejercicios muy seguido sin más de una o dos repeticiones, lo cual mantenía a todas en la clase en estado de confusión. En un momento, había tanta confusión que se vio obligada a detener el ejercicio y comenzar de nuevo.
Esta experiencia me hizo reflexionar en mi estilo de liderazgo. ¿Dirijo con mi ejemplo o vivo dando órdenes a mis seguidores? Todos somos líderes de pocos o muchos. Desde el líder de la empresa más grande, hasta la madre soltera, todos tenemos personas que Dios nos ha dado para guiar. Hacemos bien en auto examinarnos y hacer ajustes donde sea necesario. Usted y todos los que le siguen gozarán de mayor bienestar y paz. “Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina.” (Proverbios 12:18).
