La Pelea

La Pelea

“Tal vez será mejor si nos separamos por un tiempo”. Las palabras salieron de mi boca más que nada para hacer reaccionar a mi esposo. Ninguno de los dos creíamos en el divorcio y los dos habíamos acordado antes de casarnos que nunca tomaríamos esa ruta para resolver nuestras diferencias.

            Pero los dos somos independientes y aunque nos habíamos unido en un solo cuerpo, nos estaba costando trabajo unirnos en otros aspectos. No recuerdo el motivo de esa pelea (esto ocurrió en los primeros años de casados), pero sí recuerdo que habíamos llegado a un callejón sin salida y que los dos estábamos agrediéndonos. La respuesta de mi esposo fue, “Me parece una buena idea”. Esas palabras fueron como un balde de agua fría sobre mi cabeza.

            Nunca pensé que diría eso, pero me di cuenta que estábamos entrando en territorio muy peligroso y que necesitábamos ayuda. Le sugerí que debíamos buscar la ayuda de Dios en oración. Ninguno de los dos teníamos deseos de orar, pero lo hicimos. No fue una oración santa, ni elocuente, ni mágica, pero fue sincera. Los dos admitimos a Dios que estábamos teniendo problemas y que necesitábamos Su ayuda para resolver nuestras diferencias.

            Algo milagroso sucede cuando le pedimos ayuda de Dios. De repente no estamos solos en la pelea, otro está participando, un arbitro imparcial que sabe cómo marcar correctamente cada jugada.

            La oración ayuda a enfriar un poco las emociones que se han alterado durante una pelea. Cuando un motor se recalienta, no es prudente seguir manejando y no tenemos otra opción que esperar hasta que el motor se enfríe. La oración detiene la pelea y permite un período de enfriamiento.

            La oración también sirve para reajustar las actitudes. Es fácil llenarse de arrogancia, auto-confianza o soberbia cuando discutimos y pensar que uno tiene toda la razón y que el otro es el que está equivocado. Casi siempre ambos tienen la culpa y ambos necesitan humillarse delante del otro y pedir perdón.

            El refrán “el terreno es plano al pie de la cruz” sirve aquí también. Cuando la pareja se toma de la mano en oración, por unos momentos se  dejan de mirar el uno al otro y los dos ponen sus ojos en Dios. El Todopoderoso nos desviste con mucho amor en esos breves segundos y nos hace ver nuestro propio error. Al terminar la oración y regresar la mirada a nuestro cónyuge, ya no lo vemos igual.

            En esa ocasión, después de orar, los dos nos pedimos perdón y en menos de 30 minutos, pudimos llegar a un acuerdo en el que los dos estábamos completamente satisfechos. Recuerdo que nos sorprendimos de cómo pudo cambiar tan drásticamente nuestra relación desde un extremo de estar al punto de separarnos, hasta el otro extremo de reafirmar nuestro amor el uno por el otro.

            Esta experiencia me enseñó que tengo que trabajar duro para proteger mi matrimonio y nunca he vuelto a sugerir la separación o el divorcio. En vez de eso, sugiero que oremos cuando comenzamos a tener un desacuerdo. Gracias a Dios siempre hemos podido resolver el problema después de orar. “En el día de mi angustia te llamaré porque Tú me respondes”. Salmos 86:7.