El Poder del Amor

El Poder del Amor

Sara se encontraba postrada en frente del sofá llorando descontroladamente, volcando su corazón al Señor, rogándole que interviniera en su matrimonio.

        Felipe, el esposo de Sara, no tenía idea de la angustia por la que ella estaba pasando esa noche. Él guardaba cierta distancia. En parte lo hacía para protegerse ya que a una edad tierna sufrió la muerte de su abuelo, a quien adoraba y este evento dejó una cicatriz profunda en su corazón. Además, sus padres no supieron cómo explicarle lo que era la muerte, así que le mintieron y dijeron que su abuelo se había ido de viaje.

        Esto le causó un trauma mayor ya que por mucho tiempo  guardó la ilusión de que su abuelo volvería. Cuando años más tarde supo que había muerto, hizo la firme decisión de no volver a amar a alguien tan profundamente porque el dolor de su partida sería más de lo que pudiera soportar.

        Felipe ama mucho a Sara. Es un excelente proveedor y lleva la familia a la iglesia. Por fuera parecen ser una pareja muy feliz, pero falta una cercanía, una intimidad. Aún su relación sexual sufre una frialdad.

        Sara había probado todas las formas a su disposición para romper el hielo y derrumbar la pared. Habían  visitado a un consejero cristiano varias veces y por un tiempo se mejoraba la relación, pero pronto volvían a enfriarse. Fueron a un retiro matrimonial, pero dio el mismo resultado. Había orado por años, pidiendo ayuda del Señor y en ocasiones la situación mejoraba por un tiempo, pero después volvía la indiferencia, el aislamiento. Era como si estuvieran viviendo cada uno su vida independiente y sólo se juntaran para comer, ir a la iglesia y para participar en las actividades de los niños.

        Esa noche, Sara se rindió delante del Señor y pidió Su intervención. Alguien le había regalado una copia del libro El Poder de una Esposa que Ora por Stormie Omartian y había comenzado a orar con nueva determinación por su esposo. Para su sorpresa, el Señor le mostró que el problema y la solución radicaban en ella. 

        Le costó aceptar que ella tenía que cambiar la manera en que lo trataba. En su orgullo quiso negarlo, pero Dios conquistó su corazón esa noche con las palabras de Juan 13:34, “Este mandamiento nuevo les doy; que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros.” Secó sus lágrimas y le pidió al Señor fortaleza y sabiduría para bañar a Felipe con amor. El Señor prometió ayudarle diciendo, “Yo soy el Señor, tu Dios, que sostiene tu mano derecha; Yo soy quien te dice: No temas, Yo te ayudo.” (Isaías 41:13)

        Empezó a escribirle notas de amor, le preparó sus platos favoritos, dejó de quejarse cuando quería salir con sus amigos, le dio masajes de relajación cuando llegaba del trabajo y tal vez lo más difícil para Sara, pero lo más poderoso, fue que se propuso estimular a Felipe por sus talentos y sus muchas cualidades positivas. En vez de enfocarse en sus faltas, se propuso concentrarse en sus virtudes.

        Para su sorpresa, Felipe notó la diferencia casi inmediatamente. Unas semanas más tarde Felipe se le quedó mirando y dijo, “No se que ha pasado, pero últimamente estoy sintiendo mucho amor de usted. Gracias.”

        Sara se sonrió y dio gracias a Dios por mostrarle su error y por ayudarle a cambiar.