
Por Dolly Martin
El himno moderno titulado “El poder de la cruz” fue escrito por Stuart Townend y Keith Getty como una narrativa de los eventos desde la crucifixión del Señor Jesucristo hasta su resurrección. Stuart dice, “La canción evoca la imagen de aquel Viernes Santo en el que Cristo fue juzgado, flagelado, clavado en una cruz, sufrió y murió; y el estribillo intenta explicar el significado de todo ello”. El estribillo dice,
El poder de la cruz:
mi lugar El tomó
mi castigo sufrió
En esa cruz hallé perdón
El plan de Dios profetizado
Cientos de años antes de que Jesús llegara a la tierra, Dios instruyó a Su profeta Isaías a escribir acerca de lo que Su Hijo, Jesucristo, padecería para redimir al pecador. En el capítulo 53 de Isaías, Dios nos dice claramente que Su siervo llevaría la ira de Dios para pagar por el pecado del mundo. Isaías 53:5 dice, “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”.
Más adelante en el versículo 10 de este capítulo mesiánico leemos, “Pero quiso el SEÑOR quebrantarlo, sometiéndolo a padecimiento…” (NBLA) Aunque Jesús es el amado y unigénito Hijo de Dios, Él recibió TODA la ira de Dios sobre Su cuerpo mientras moría en esa cruz. Aunque no había cometido un solo pecado, Cristo murió, “el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18).
Era necesario que Jesús muriera
Jesús sufrió flagelación de los romanos al menos dos veces antes de ir a la cruz. Aquel que creó al hombre, permitió que el hombre lo castigara porque ese era el plan de Dios. Repetidas veces Jesús le explicó a sus discípulos: “Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día” (Lucas 24:7).
El apóstol Pedro explica el gran beneficio que recibimos gracias al sacrificio del Señor en la cruz en 1 Pedro 2:24, “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados”.
El gran intercambio
El apóstol Pablo explica el evangelio de esta manera: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). Dios el Padre nos regala justicia (siendo pecadores) porque Su amado Hijo recibió en Su cuerpo el castigo por todos nuestros pecados. El intercambio, justicia por pecado es inmerecido y otorgado gratuitamente cuando ponemos nuestra fe en la obra completa del Señor Jesucristo.
Está disponible para todos, pero no todos reciben este gran regalo de Dios. Uno debe arrepentirse de sus pecados y poner su fe en Jesús para recibir este increíble regalo de Dios. No necesita limpiar su vida, dejar sus vicios, ni hacer buenas obras. El único requisito es humillarse delante de Dios y recibir su oferta con gratitud.
El día de la ira
El que rechaza el gran sacrificio de Jesucristo enfrenta la ira de Dios como se nos advierte en Romanos 2:5 “Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios”. Dios aborrece el pecado y tiene que castigar al pecador porque es un justo juez que castiga al que no cumple sus leyes. Pero también es un Dios de amor que desea tener comunión íntima con los que le buscan con un corazón sincero. Por eso envió a Jesús que tomara nuestro castigo. Al morir Jesús en nuestro lugar, satisfizo la justicia del Padre contra el pecado y a la vez extiende gracia a los que se humillan ante Cristo y reciben su oferta de perdón y vida eterna.
¿Cuál es su decisión?
Dios ha hecho la obra y extiende su perdón por medio de Su Hijo, Jesucristo. ¿Lo recibirá o lo rechazará? Mi oración en esta Pascua es que usted abra su corazón al Salvador, Jesús, y reciba la justicia de Dios a cambio de su injusticia. ¡Felices Pascuas!
