El amor de Dios nos preserva
Los acontecimientos de nuestro tiempo revelan con claridad la condición del corazón humano. Confesiones públicas como la de Lance Armstrong, quien admitió haber recurrido al engaño para alcanzar la victoria, no son casos aislados, sino reflejos de una realidad más profunda. La Escritura declara: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas” (Jeremías 17:9). El término hebreo “engañoso” describe un corazón torcido, inclinado al autoengaño. Así, el pecado no solo contamina nuestras acciones, sino también nuestras motivaciones más internas.
El profeta Jeremías habló a un pueblo marcado por la infidelidad, la injusticia y la dureza de corazón. La raíz de su mal era su alejamiento de Jehová, el Dios del pacto. Como consecuencia, el juicio divino se hizo inevitable. Sin embargo, en medio de la oscuridad, resplandece una verdad gloriosa: el amor de Dios preserva a Su pueblo. El profeta Jeremias escribe: “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos” (Lamentaciones 3:22). La palabra hebrea “misericordia” describe un amor fiel, constante y comprometido con el pacto. No es un amor pasajero, sino una lealtad divina que sostiene aun al pecador arrepentido.
Dios promete restaurar Su relación con Su pueblo mediante un nuevo pacto: “Pondré mi ley dentro de ellos” (Jeremías 31:33). Esta obra apunta a una transformación interna. En el Nuevo Testamento, esta promesa se cumple en Jesucristo, cuya obra redentora revela la plenitud del amor divino. La palabra griega agápē “amor” describe este amor sacrificial y perfecto. Romanos 5:8 declara que Dios demuestra Su amor en que Cristo murió por nosotros, aun siendo pecadores.
Este amor no ignora el pecado, sino que lo confronta y lo redime. Dios, como Padre, disciplina a los que ama (Hebreos 12:6), pero no para destruirlos, sino para preservarlos. Su propósito es formar en nosotros un carácter santo y una dependencia total de Su gracia.
Amigo, no busques amor en un mundo que no puede ofrecerlo. Dios es amor (1 Juan 4:8), y Su amor es eterno porque brota de Su propia naturaleza. Humíllate delante de Él, abandona el orgullo y recibe el perdón que Cristo ofrece. Hoy puedes comenzar a vivir bajo el cuidado de ese amor que no falla, que restaura y que preserva para la eternidad.
