Dios usa el dolor para nuestro bien

Por Miguel Jacinto

El dolor y el sufrimiento son realidades que todos enfrentamos en algún momento de la vida. A través de la historia, vemos cómo el ser humano ha causado gran aflicción a otros; el esclavismo, por ejemplo, es una de las expresiones más dolorosas de la maldad humana. Sin embargo, aunque Dios no se deleita en el sufrimiento, Su soberanía le permite usar incluso las circunstancias más difíciles para cumplir Sus propósitos eternos.

La historia de Israel nos recuerda esto claramente. El pueblo de Dios fue esclavizado en Egipto, llevado cautivo a Babilonia y oprimido por Asiria. Estos periodos de aflicción no fueron el final de su historia, sino el escenario donde Yahvé, el Dios del pacto, mostró Su fidelidad. Después del quebranto vino la restauración. Dios utilizó esas pruebas para enseñarles obediencia, humildad y dependencia total de Él.

La Escritura enseña que el dolor puede tener distintas raíces. En Génesis 3 vemos que el sufrimiento entra al mundo como consecuencia del pecado. La palabra hebrea “pecado” implica errar el blanco, desviarse del propósito de Dios. Muchas veces, el dolor es resultado de nuestra propia desobediencia. Pero en otros casos, como en la vida de Job, el sufrimiento es permitido por Dios para formar el carácter. Santiago nos exhorta a tener por gozo las pruebas, porque producen paciencia (Santiago 1:2-3). El término griego “pruebas” habla de una fe probada y refinada.

Es importante recordar que Dios permanece en control en todo momento. Pablo declara que “todas las cosas cooperan para bien” de los que aman a Dios (Romanos 8:28). El verbo griego “cooperar” indica que Dios está obrando activamente, aun en medio del dolor, para nuestro beneficio eterno.

Si hoy atraviesas un tiempo de sufrimiento, examina tu corazón con sinceridad. Si hay pecado, arrepiéntete y clama por el perdón que Cristo compró en la cruz. La sangre de Jesús tiene poder para limpiar toda maldad. Y si estás caminando en obediencia, no desmayes. Permite que Dios use este proceso para moldear tu vida. Él es como el alfarero, y nosotros el barro (Isaías 64:8).

Confiemos en el Señor. El dolor no es el final de nuestra historia. En las manos de Dios, nos convertimos en instrumentos de gracia, crecimiento y esperanza eterna.

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