Dios nos declara no culpables
En nuestros días, es común ver en las noticias imágenes de manifestaciones masivas en distintas partes del mundo, especialmente en el Medio Oriente y en algunos países de Latinoamérica, donde multitudes claman por libertad y justicia. Estas escenas reflejan que el ser humano anhela vivir libre y con dignidad. Sin embargo, la historia nos demuestra que nuevos sistemas y líderes suelen repetir los mismos errores, limitando esas libertades para su propio beneficio.
La Biblia presenta una solución radical y permanente, no solo a los síntomas del problema humano, sino a su raíz. El verdadero conflicto del ser humano es su naturaleza pecaminosa. La Escritura describe esta condición como pecado, que implica errar el blanco o desviarse del camino correcto. Todos, sin excepción, nacemos con esa inclinación hacia el mal. Tanto gobernantes como gobernados luchamos con el egoísmo, la envidia y la avaricia.
Pero Dios, en su infinito amor, no nos deja en esa condición. Él nos ofrece una liberación completa por medio de Jesucristo. El apóstol Pablo declara que Dios envió a su Hijo en semejanza de carne de pecado para condenar al pecado en la carne (Romanos 8:3). Aquí encontramos el concepto clave de la justificación, que significa ser declarado justo o “no culpable” delante de Dios.
Jesucristo cumplió perfectamente las demandas de la justicia divina. Su sacrificio en la cruz pagó el precio por nuestros pecados, satisfaciendo lo que la Biblia llama expiación o cobertura del pecado. A través de su sangre, somos limpiados y reconciliados con Dios. La expiación nos libera para siempre de la esclavitud del pecado.
No obstante, este regalo debe ser recibido por fe, depositando nuestra confianza total en la obra redentora de Cristo. El principio divino: “el alma que pecare, esa morirá” sigue vigente (Ezequiel 18:4). Pero en Cristo encontramos vida eterna.
Acerquémonos a Dios con un corazón humilde. Él está dispuesto a perdonar y a declarar libre de culpa a todo aquel que cree. Recibamos a Jesucristo como nuestro Salvador y comencemos a vivir en la verdadera libertad que solo Él nos puede dar.
