Mis sobrinos me habían invitado a ver su partido de fútbol. Era el último partido de la temporada y nunca les había visto jugar y ya que sería en un parque público, decidí llevar a mi mascota Fluffy.
En alguna parte remota de mi subconciencia, pensé que debiera preguntar si se permitían mascotas, pero inmediatamente rechacé el pensamiento convenciéndome de que no habría ningún motivo por el cual mi mascota no pudiera ir, si lo mantenía sujetado con la cuerda.
Llegué al parque al mismo tiempo que mi hermana y mi mamá y todos nos dirigimos hacia la cancha de fútbol. A mitad de camino se nos acercó una señora con un rostro muy serio avisándome que no se permitía los perros en la cancha de fútbol. Si hubiera sido yo una persona sumisa y obediente, me hubiera ido en ese preciso momento. Sin embargo, no lo era. Así que Dios escogió ese día para quitar algunas asperezas de mi carácter y hacerme más como Su Hijo Jesucristo.
Mientras ella se retiraba, miré a mi hermana y a mi madre para ver que hacía. Al costado de la cancha y a lo largo del parque había una franja llena de árboles y un caminito. La señora había dicho que los perros no se permitían en la cancha, pero esta franja no era parte de la cancha.
Tendría que haber preguntado a la señora si se permitían perros en esa franja arbolada pero ella había sido tan insípida en su trato conmigo que no me daban ganas de hablarle. Me fui a la sección arbolada y traté de calmar a mi perro el cual estaba todo emocionado por tener la oportunidad de acompañarme a una salida social. Lo até debajo de un árbol y me acerqué para ver el partido cuando veo a la señora caminando en mi dirección con un rostro aún mas amargado. Sin entrar en detalles, diré que ella me ordenó sacar a mi perro del parque.
Mientras caminaba hacia mi auto, analicé la situación: querían apoderarse de mí malos pensamientos y sentimientos de enojo y vergüenza. Tenía la opción en ese momento de admitir mi error y perdonar a esa señora o permitir que mi corazón se carcomiera de rencor y orgullo.
En Efesios 4:31 y 32 leemos, “Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de malicia. Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo”. En este y otros pasajes similares, Dios no nos ofrece la opción de guardar rencor si creemos que somos víctimas y que no tenemos la culpa en el conflicto.
Cristo mismo nos dio el ejemplo del perdón cuando estaba colgado en la cruz y dijo, “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. (Lucas 23:34). Él era completamente inocente de todo mal, pero escogió abandonar cualquier mal sentimiento que podría haber guardado contra sus malhechores. Los que somos seguidores del Señor, estamos ordenados a perdonar y si rehusamos hacerlo, no estamos siguiendo a Jesús.
