La niña adolescente se vistió y entró al comedor esperando ver a su madre en la cocina preparando el desayuno para la familia. Encontró la sala fría y silenciosa y vio que su mamá había dejado el desayuno preparado en la mesa; se lo comió en silencio y con tristeza.
La noche anterior su mamá se había disgustado con ella y aunque la jovencita le había pedido perdón, su mamá no había querido aceptar su confesión. La joven escribió una notita pidiendo disculpas a su mamá de nuevo por haberle herido y la dejó en un lugar visible para que ella la encontrara.
Una nube negra le acompañó a la escuela. No pudo concentrarse en sus clases por pensar en si su madre estaría dispuesta a perdonarla. Oró mucho al Señor. Ya le había pedido perdón y realmente estaba arrepentida, pero parecía que no era suficiente. Al acercarse a casa, el corazón le latía más fuerte. Abrió la puerta y gritó un saludo a su mamá pero no recibió respuesta; la buscó por toda la casa pero no la encontró. La notita que había dejado estaba en el mismo lugar donde la había puesto esa mañana.
Por tres días esta joven no vio a su mamá quien se recluía en su recámara cada vez que su hija estaba en casa. Cuando al final rompió el silencio, la niña le preguntó con lágrimas por qué no le concedía el perdón. La madre le explicó que la había perdonado, pero que necesitaba castigarla (por medio del silencio) para que se diera cuenta de cuánto la había herido y para que no volviese a cometer el mismo error.
¿Le resulta difícil perdonar al que le ha ofendido? El diccionario “El Pequeño Larrouse” define perdonar de la siguiente manera: “renunciar a obtener satisfacción o venganza de una ofensa recibida no guardando resentimiento ni rencor. Conceder la absolución de una pena”. Requiere mucha humildad y madurez perdonar a otros ya que la tendencia natural es guardar rencor y querer tomar venganza. Tal vez por eso Dios nos dio su ejemplo al iniciar el acto de perdonar. En Isaías 43:25 leemos “Yo soy el que por amor a mí mismo borra tus transgresiones y no se acuerda más de tus pecados.” Nuestro Padre, el que nunca nos falla, nos concede el regalo inmerecido del perdón para mostrarnos cuánto nos ama.
Pero ese perdón viene con una condición. En Mateo 6:14-15 leemos “Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas.” ¿Hay alguien a quien usted necesite perdonar?
