Yandicu Salinas era el curandero de Tamachindi, Bolivia. Él sabía que su magia era mentira, pero que había espíritus que podían ayudarle a sanar a los enfermos y romper maldiciones. Cuando dormía, los espíritus le aparecían en sueños y le mostraban lo que tenía que hacer.
Yandicu pensó que no hacía nada malo, después de todo, clamaba a estos espíritus para que sanaran a los enfermos y según el, ellos no eran como los espíritus malos que usaban los brujos o curanderos malévolos para enfermar a alguien o echarle una maldición. Yandicu no sabía que aun los espíritus que él adoraba venían de Satanás. Sin darse cuenta, Yandicu estaba permitiendo que Satanás controlara su mente y su cuerpo.
Yandicu nunca había escuchado del Dios de amor que envió a Su hijo, Jesucristo, para morir en la cruz en rescate por sus pecados hasta que llegó el misionero Les Harwood a su pueblo. El Pastor Harwood aprendió el idioma guaraní y les contó a todos de este Dios, mucho más poderoso que los espíritus de los curanderos.
Al principio Yandicu rechazó esta nueva enseñanza, pero se sorprendió de ver el cambio en la vida de sus amigos que creyeron en el Señor como Salvador y observó el gozo que emanaba de sus vidas. Yandicu no era feliz, era esclavo del alcohol y no podía dejar de pelear. Cuando al fin decidió poner atención a la predicación, Satanás, quien había controlado su cuerpo por muchos años, trató de convencerlo de que esta nueva religión no le ayudaría. Pero Dios, también estaba hablando al corazón de Yandicu y un domingo se rindió al Salvador.
Yandicu se convirtió en un evangelista itinerante que viajaba a lo largo del Río Parapetí predicando la Palabra de Dios. Aunque muchos lo escuchaban con atención, algunos se oponían, especialmente los de su propio pueblo, Tamachindi.
Todo esto cambió la noche en que los padres de un niño lo llamaron porque el cuerpo de su hijo estaba frío y pegajoso como si estuviera muerto, pero rechinaba los dientes horriblemente y gritaba cosas viles y perversas con una voz extraña. Habían llamado al curandero del pueblo pero éste no había podido hacer nada. Finalmente en su desesperación llamaron al Pastor Yandicu.
Cuando llegó, encontró al niño tendido sobre una piel de cabra en el piso, sus ojos miraban sin pestañar. Cuando el evangelista se arrodilló al lado del cuerpo, la mano del niño se aferró a la muñeca de Yandicu y no lo soltaba. Las convulsiones aumentaron.
Yandicu se dio cuenta que Satanás se había apoderado del cuerpo de este niño y no lo quería soltar. Inclinó su cabeza y oró, “Padre, Tu eres todopoderoso. Algo está previniendo que este niño muera en paz. Ruego en el nombre de Jesús que te lleves ese algo. Amén”. Los padres y el resto del pueblo estaban observando y poco a poco el niño cesó de crujir sus deditos, aflojó su mano, la cual cayó blandamente al piso y su cuerpo muerto se quedó quieto.
Cuando los aldeanos vieron cómo Dios había contestado la oración de Yandicu comenzaron a llegar en masa a las reuniones. Durante los próximos años, cientos de los aldeanos rindieron sus vidas al Señor Jesús.
Tal vez usted se ha resistido al llamado del Señor. Él lo llama con mucho amor y quiere transformar su vida. Juan 1:12 dice, “Mas a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser llamados hijos de Dios, a los que creen en Su nombre”. El Señor tiene el poder para vencer a Satanás y sus espíritus. Venga a Él hoy y reciba ese poder.
