El servicio exalta a Dios
¿Estoy viviendo para servirme a mí mismo o para servir a los demás?
Alguien dijo sabiamente: “El que no vive para servir, no sirve para vivir.” Esta afirmación refleja una verdad profundamente bíblica. El reino de Dios opera bajo principios muy distintos a los de este mundo, dominado por el egoísmo. Jesús mismo modeló este contraste de manera perfecta. Filipenses 2:6-7 declara que, siendo Dios, “se despojó a sí mismo”. La palabra “despojarse” implica vaciarse voluntariamente de privilegios para tomar la forma de siervo. Asimismo, el término “siervo” describe a alguien que vive para obedecer y servir a otro.
Dios envió a su Hijo no para ser servido, sino para servir (Marcos 10:45). Este principio se hizo visible cuando Jesús lavó los pies de sus discípulos (Juan 13:14-15), una tarea reservada para los más humildes. Sin embargo, su mayor acto de servicio ocurrió en la cruz, donde entregó su vida por nuestros pecados. Allí se manifestó el amor sacrificial y redentor que no busca lo suyo.
Los primeros cristianos comprendieron este llamado. Para ellos, servir no era una opción, sino la esencia de su fe. El apóstol Pablo, a pesar de su autoridad, se describía como “siervo de Jesucristo” (Romanos 1:1). La palabra “diáconos” también se usa para describir a quienes sirven con humildad, sin buscar reconocimiento. Su enfoque no era su posición, sino glorificar a Cristo en todo.
Lamentablemente, en la actualidad, muchos han distorsionado este principio. Algunos asisten a la iglesia con una mentalidad centrada en sí mismos, buscando reconocimiento o posición. La Escritura advierte contra esta actitud en Filipenses 2:3 diciendo: “Nada hagáis por egoísmo”. El término “egoísmo” se refiere a una ambición personal que busca ventaja propia. Esta actitud es contraria al corazón de Cristo.
El verdadero servicio nace de un corazón transformado. Gálatas 5:13 nos exhorta: “servíos por amor los unos a los otros”. Amigo, que Dios nos conceda vivir este llamado con sinceridad. Servir a Dios es servir a los demás con humildad, amor y entrega. Cuando lo hacemos, reflejamos el carácter de Cristo y encontramos el verdadero propósito de la vida.
