Cuando yo era una niña recuerdo que mis héroes eran los artistas del cine, y devoraba cualquier revista que me diera más información acerca de la vida personal de mis actores favoritos. Pero conforme pasaron los años, me fui dando cuenta de que la mayoría de estas estrellas de Hollywood no eran personas con integridad ni dignas de mi elogio. Recuerdo bien la desilusión que sentí cuando supe que una de mis artistas favoritas era una feminista y que apoyaba la práctica del aborto de niños. Le escribí una carta expresando la tristeza que había sentido al enterarme de su postura y nunca recibí respuesta.
Años más tarde trabajé para la agencia misionera “International Teams” donde tuve el privilegio de viajar por unos cuantos meses junto con un importante cantante cristiano, Scott Wesley Brown. Él había decidido entregar una porción de sus ganancias en los conciertos a nuestra agencia misionera así que tres de nosotros lo acompañamos durante varios meses a cada uno de sus conciertos.
Este hombre, cuya música yo disfrutaba mucho, era muy talentoso, muy consagrado al Señor, y muy humilde. Nunca me olvidaré un día que llegamos a su ciudad natal, Nashville, TN, donde daría un concierto. Por alguna razón tuvimos problemas con el hotel y no teníamos donde hospedarnos. Él iba a quedarse en su casa, pero nosotros no teníamos dónde pasar la noche. Cuando supo del problema, nos invitó a pasar la noche en su casa. Su esposa e hijos se habían ido a visitar a los abuelos, así que los dormitorios de los niños estaban disponibles. No lo podía creer, yo me iba a quedar a dormir en la casa de una súper estrella.
Durante todo el concierto, me estuve imaginando cómo sería su casa y su vecindario, ya que vivía en una comunidad exclusiva donde vivían otros renombrados artistas de música. El concierto terminó muy tarde y después nos fuimos a comer. Para cuando salimos del restaurante, ya era casi la medianoche. Todos estábamos rendidos de cansancio y no sabíamos cómo llegar a su casa, así que lo seguimos en nuestro auto.
Al fin llegamos y no se si fue porque estaba tan cansada o porque no estaba su esposa para recibirnos, pero cuando al fin entramos, me di cuenta que era una casa común y corriente, igual que la mía. En verdad, no tenía nada especial. Esa noche, al acostarme en la cama de su hija, tuve una conversación larga con mi Señor. Le pedí que me ayudara a no poner a una persona en un pedestal, de donde tarde o temprano caerá. Le pedí perdón por haber quitado mis ojos de Él.
Desde entonces, he tenido el privilegio de saludar personalmente a grandes hombres y mujeres de la fe como el Pastor Chuck Swindoll, el Pastor Charles Stanley y otros. Admiro mucho a estos pastores, pero nunca he vuelto a adular a un ser humano porque el único que merece mi adoración y el único que nunca me va a fallar es mi Señor Jesucristo. “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”. Hebreos 12:2.
