Una Cuestión de Actitud

Una Cuestión de Actitud

El primer día de clase, les anuncié a los niños en mi salón de escuela dominical que durante el semestre íbamos a estar aprendiendo juntos un capítulo de la Biblia, un verso por semana. Al final de tres meses, todos los que pudieran recordar el capítulo de memoria irían conmigo a una excursión.   

      Cada semana tomé diez minutos de la hora de clase para explicar el versículo en turno y para jugar un juego de aprendizaje. Mientras se divertían, sin mayor esfuerzo estaban memorizándolo y durante la semana, sólo tenían que repasarlo unas veces y lo podrían recitar el siguiente domingo.

      A modo de animarlos aún mas, casi todas las semanas llamaba a cada alumno el sábado por la tarde para saludarlo, charlar unos minutos y recordarle que repasara su versículo antes de acostarse a modo de que lo tuviera fresco en la memoria el siguiente día.

      Con todo este esfuerzo de mi parte, pensé que no habría razón por la que todos los niños no tuvieran sus versículos memorizados, pero no fue así. La mayoría participaba con entusiasmo y emoción, sin embargo, hubo uno o dos niños que no respondieron a mis esfuerzos. Estos niños simplemente no tenían interés en memorizar la Palabra de Dios.

      Ellos asistían la clase por obligación de sus padres y no deseaban invertir tiempo haciendo algo que no era de su agrado. A veces traían sus Biblias, pero muchas veces no. Se mantenían aislados, indiferentes, poco atentos y desinteresados en las actividades de la clase. Sus padres usaban la excusa de que sus hijos tenían demasiada tarea en la escuela pública y no querían exigirles que hicieran más para la escuela dominical.

      El día de la excursión, los niños que no habían trabajado se lamentaron de su mala decisión y trataron de ver si podían venir a la excursión junto con los otros niños. Me dio mucha pena y tristeza no dejarles acompañarnos pero sería injusto para los otros que habían trabajado duro para gozar de su premio.

      Creo que habemos muchos que tomamos la misma actitud negativa de mis alumnos. Ya recibimos el precioso regalo de salvación a través de la sangre que Jesucristo vertió en la cruz; sabemos que vamos al cielo donde podremos caminar en las calles de oro por toda la eternidad y con todo esto asegurado ¿para qué preocuparnos por servir al Señor?     

      La Biblia dice en 2 Corintios 5:10, “Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo”. En el último capítulo de la Biblia, Jesucristo mismo nos recuerda de este premio que Él nos ha preparando diciendo, “He aquí, yo vengo pronto, y mi recompensa está conmigo para recompensar a cada uno según sea su obra”. (Apocalipsis 22:12 NVI).

            Cuando llegue ese momento de “entrega de premios” será triste si nos quedamos cortos por haber sido haraganes. Aunque no tenemos muchos detalles acerca de cuáles premios el Señor nos está preparando, sin duda serán recompensas deleitosas con las que podremos disfrutar por toda la eternidad, no sólo por un día o unas horas.

            ¿No cree que sea una buena inversión servir por unos pocos años para disfrutar un regalo que durará por los siglos de los siglos, sin fin? Abrochémonos el cinturón y pongamos nuestras manos a la obra. Hay mucho trabajo para hacer en el reino de Dios; trabajemos antes de que caiga el sol sobre nuestra vida y llegue el tribunal de Cristo ante el cual no tengamos ningún fruto para ofrecerle por todo el sacrificio que Él hizo por nosotros.

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