Juan no había pagado sus impuestos en veinte años. Siendo indocumentado no se preocupaba porque sus planes eran jubilarse en su propio país. Pero un día, le llegó un documento oficial pidiendo que se reportara en la corte porque el gobierno le estaba haciendo un juicio por el dinero que debía.
Jamás se imaginó que esto le pudiera suceder. Su primera reacción fue ignorar la carta, pero cuando se enteró su esposa, lo obligó a que consultara con un abogado. El abogado le dijo que si ignoraba la carta lo pondrían en la cárcel. Eso le asustó, así que Juan fue a la iglesia por primera vez en años para pedir que orasen por él.
Llegó el día de la corte y Juan se presentó junto con su abogado. El juez le preguntó la razón por la que no había pagado sus impuestos en veinte años. Él era un subcontratista y ganaba muy bien, se había construido una preciosa casa y tenía dos autos último modelo. También mandaba dinero a sus padres cada mes y había construido una casa en su ranchito; además, había sacado préstamos del banco y tenía todas sus tarjetas de crédito cargadas al máximo. No tenía nada ahorrado para emergencias y la suma de dinero que Juan debía era más de un millón de dólares.
El magistrado ordenó que se confiscara todos sus bienes y se vendieran en una subasta para pagar la cuenta. Cuando Juan escuchó el dictamen del juez, quedó desecho. Se tiró al suelo delante del juez y le rogó que tuviera misericordia. “Su majestad, yo pagaré toda la deuda, se lo juro”, prometió Juan. “Ruego me tenga paciencia, sólo necesito tiempo. No me deje en la calle” dijo Juan entre sollozos.
El juez miró a Juan llorando como un niño y tuvo compasión por este hombre. Después de unos minutos de silencio, sonó el mazo y Juan escuchó al juez decir. “Perdonado”. Juan levantó la cabeza con incredulidad y el juez le dijo, “Me ha pedido clemencia y he decidido otorgársela, su deuda queda cancelada. No debe nada, le sugiero que sea muy cuidadoso y pague sus impuestos este año porque si lo veo de nuevo en esta corte seré muy duro con usted.”
Juan quedó boquiabierto sin poder creer lo que estaba escuchando, tomó la mano del juez y le dijo, “Gracias, gracias, gracias, no sabe cuánto le agradezco su gentileza, usted me ha devuelto la vida. Nunca me olvidaré de su amabilidad”.
Saliendo del palacio de justicia, Juan pasó por el taller de su amigo Paco. Él le había pedido prestado unos $100 dólares y todavía no se los había regresado. Después de charlar amigablemente por unos minutos, Juan le preguntó a Paco acerca del dinero que le debía y éste le dijo que no lo tenía pero que pronto se lo pagaría. Juan se encolerizó y comenzó a gritarle que le pagara de inmediato. Paco trató de calmarlo pero no pudo: Juan no quería escucharlo. Él se arrodilló delante de Juan diciendo, “Por favor, no me denuncies. Te prometo que yo te pagaré ese dinero, sólo necesito unos días. Juan, ten misericordia”.
Pero éste no estaba de humor para escuchar sus plegarias, puso una demanda contra él y la ganó porque Paco no tenía dinero para un abogado. Acabó en la cárcel, perdió su trabajo, su hogar y su auto pues no pudo hacer los pagos mensuales.
A los pocos días, alguien visitó al juez y le contó lo que Juan había hecho con Paco y el juez se enfureció. Mandó llamar a Juan y le dijo, “Hombre malvado. Te perdoné toda esa deuda porque me rogaste. ¿No debías tú también haberte compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de ti?” Entonces el juez lo echó en la cárcel hasta que pagara todo lo que debía.
Esta parábola es adaptada de Mateo 18:23-35. Jesús la concluye diciendo, “Así también mi Padre celestial los tratará a ustedes, a menos que cada uno perdone de corazón a su hermano”.
