“Yo seré su Padre”

“Yo seré su Padre”

Cuando las misioneras Joanne Shetler y Anne Fetzer llegaron al pueblo de Balangao en las Filipinas, Canao, el líder de la tribu, las invitó a su casa a cenar. Laurie, el guía de las misioneras les explicó que en esa cultura, cuando un hombre le da de comer a alguien, es su promesa de proteger a esa persona con su propia vida. Canao las visitaba a diario mientras se acomodaron en su nuevo hogar. Después de varios días llegó con una expresión muy seria y sin su acostumbrada sonrisa y buen humor. “¿No se dan cuenta que éste no es un lugar seguro para mujeres? ¿No se dan cuenta que somos caníbales?

        Joanne y Anne sabían muy bien en dónde estaban. Habían tenido que convencer a los directores de la misión que las dejasen ir a Balangao. Este lugar se encontraba en medio de la selva, a dos días de camino de la ciudad más cercana. Canao no estaba exagerando cuando dijo que eran caníbales. Este grupo estaba enemistado con otros grupos y entre ellos se mataban.

        Canao se les quedó mirando a las dos misioneras solteras de Estados Unidos. Él había dado su consentimiento para que vinieran personas de Estados Unidos a escribir el idioma de su pueblo, pero nunca se imaginó que serían mujeres solteras. Canao se les quedó mirando seriamente y dijo, “Ustedes necesitan a alguien que las proteja. Yo seré su padre.” Asintió con su cabeza sellando sus palabras con autoridad final.

        Canao medía cinco pies con dos pulgadas y probablemente no pesaba mas que 100 libras. Le faltaban algunos dientes de enfrente lo cual le hacía cecear. Las dos le miraron pensando en sus propios padres que habían dejado en los Estados Unidos y pensaron, “No hay tal cosa como un padre substituto”. Para no ofenderle, sonrieron y ofrecieron llamarlo “Tío”. Canao, siendo un hombre muy sabio hizo caso omiso a esta sugerencia.

        Durante los próximos meses, Tío Canao supervisó varios proyectos de construcción para las misioneras y les dio sabios consejos. Les dijo que no debían pagarles a las personas para ayudarles con la traducción y que no debían regalar su ropa usada. “Si regalan su ropa usada entonces no lo podrán hacer equilibradamente y la gente las odiará” dijo Canao.

        Poco a poco las misioneras se dieron cuenta de que Dios en verdad les había dado otro padre en cumplimiento a Su promesa en Marcos 10:29 y 30 que dice, “De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna”. Joanne se había dado cuenta  de la sabiduría y ayuda de Canao y había comenzado a llamarlo Ama (Padre).

        Un día Tekla, la primera convertida en Balangao vino llorando a la casa de Joanne y le pidió que se distanciara un poco de ella porque no toleraba los chismes. Aparentemente, las otras mujeres estaban celosas de que Tekla pasaba horas con las dos misioneras y le decían palabras cortantes y maliciosas. Joanne consintió pero estaba devastada. No entendía por qué el evangelio estaba causando tanto daño a Tekla. En su depresión, pensó que tal vez Ama también estaba recibiendo burla de otros y que desearía distanciarse de ella.

        Un día, usando palabras seleccionadas muy cuidadosamente, le explicó a Ama que lo apreciaba mucho pero que tal vez sería mejor si su familia y ella se alejaran el uno del otro. Ama la interrumpió en medio de su discurso diciendo, “Está hablando necedades. Lo que usted dice es imposible. Usted es mi hija y siempre será mi hija”. Joanne empezó a llorar y Ama continuó, “No puede usted hacer caso de los chismes. Es la naturaleza de la gente, chismear. Yo no me rijo por lo que la gente dice. Fin de la discusión”. Y se fue.

        De la misma manera que Ama consideró a Joanne y Anne sus hijas “de por vida”, Dios Padre también nos adopta en su familia “de por vida” cuando llegamos a Él por medio de Su Hijo Jesucristo. Dios nos adopta como hijos suyos porque nos ama, no por mérito nuestro. En Efesios 2:4 y 5 dice, “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo”.

        De la misma manera que Joanne estaba hablando necedades cuando intentó convencer a Ama que rompieran los lazos de padre e hija, se equivoca al pensar que por algún pecado que usted comete Dios lo desheredará. En Romanos 8:38 y 39 dice, “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.

        Si usted es hijo de Dios, regocíjese en la posición segura en la que se encuentra. Si no lo es, Dios está dispuesto a adoptarlo. ¡Dígale Sí a su Padre hoy!