El Comunicador

Asesinos ven luces y un coro angelical

Por Dolly Martin

Los cinco misioneros habían estado orando y planeando la mejor manera de alcanzar a una tribu de indígenas salvajes y temidos viviendo en la jungla de Ecuador. Uno de ellos, Nate Saint, era un piloto y voló por arriba de la zona donde se sabía que vivía esta tribu. Un día los encontró y emocionado volvió a la base para comunicar las buenas nuevas con sus colegas.

Una misión secreta y peligrosa

Los cinco hombres y sus esposas decidieron guardar en secreto sus planes de tratar de hacer contacto con los Aucas, un nombre que significa indígenas, porque era muy arriesgado y no querían que la noticia llegara a saberse en el mundo exterior.

El líder, Jim Elliot escribió en su diario, “Dios, te ruego que enciendas estas vagas ramas de mi vida y que arda por ti. Consume mi vida, Dios mío, porque es tuya. No busco una vida larga, sino plena, como tú, Señor Jesús”.

Cada paso de Operación Auca fue bañado en oración por los hombres y sus esposas sabiendo que estos salvajes habían matado a unos hombres que estaban trabajando para una compañía petrolera en la zona donde ellos vivían. Había sido una masacre muy trágica y tanto indios como trabajadores murieron en ese incidente que había ocurrido tan solo unos años antes.

Sin embargo, los misioneros querían obedecer el mandato “…id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).  Sabían que Dios podía transformar la vida de esta tribu si tan solo pudieran comunicarles el amor de Dios.

Un primer encuentro esperanzador.

El primer encuentro cara a cara entre los misioneros y los indios fue muy positivo y alentador para los hombres. Habían aprendido algunas frases en el idioma de los nativos de una mujer, Dayuma, que había escapado de ellos unos años antes. Usaron estas frases y muchas señales con sus cuerpos para tratar de asegurarles de que no tenían intención de hacerles daño.

Ellos regresaron a sus chozas y los misioneros se quedaron en su campamento esperando que regresaran el día siguiente. Cuando no regresaron, Nate subió al aire para buscarlos y se emocionó cuando vio unos 10 hombres caminando en dirección al campamento. Nate avisó a su esposa, Marj, de lo que había visto y le dijo que volvería a llamarla a las 4:30pm con un reporte.

Tristemente, esa llamada nunca llegó. Los misioneros fueron encontrados cuatro días más tarde con lanzas atravesando sus cuerpos. Los Auca, cuyo nombre realmente es Waodani, eran una gente llena de temor. Todas sus decisiones eran guiadas por temor así que temían que los misioneros venían para hacerles daño.

Perdón en lugar de venganza.

Ninguna de las esposas deseaba venganza de aquellos que habían matado a sus esposos, incluso el Señor abrió la puerta para que dos años más tarde una de ellas, Elizabeth, la esposa de Jim Elliot se fuera a vivir entre ellos con su hija, Valerie de tan solo 3 años. Al poco tiempo esta tribu, incluyendo los asesinos entregaron sus vidas al Señor Jesucristo y fueron completamente transformados.

Luces y voces sobrenaturales durante el ataque.

Fue entonces que salieron algunos de los detalles de ese día fatídico cuando asesinaron a los hombres que habían venido para ayudarlos.                       

Durante el ataque, varios miembros de la tribu reportaron que oyeron voces sobrenaturales y vieron luces en el cielo. Aparentemente escucharon un coro angelical que estaba celebrando la fidelidad de los misioneros y les estaba dando la bienvenida al cielo.

Dios abrió la cortina entre el mundo físico y el mundo espiritual para mostrarles algo acerca del mundo a donde fueron estos hombres después de morir. Steve Saint, hijo del piloto Nate Saint volvió como adulto a trabajar entre esta tribu. El escribió que Dawa, una de las mujeres que vio el fenómeno sobrenatural dijo que esta experiencia fue lo que la atrajo hacia Dios.

La tragedia provoca un avivamiento.

Aunque la muerte de los misioneros parece ser una tragedia, en verdad, Dios la usó no solo para alcanzar a los Waodani para Cristo sino también para un gran avivamiento entre cristianos en todo el mundo. Miles de cristianos fueron inspirados a servir al Señor en la obra misionera debido al sacrificio vivo de estos hombres que siguieron el ejemplo de Jesucristo quien dijo, “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. 

La esperanza de la vida eterna

Por Miguel Ángel Jacinto

La vida eterna es una de las verdades más profundas y consoladoras de las Sagradas Escrituras. Es una promesa firme basada en el carácter fiel de Dios y en la obra redentora de Jesucristo. Esta esperanza orienta la fe del creyente, da sentido al sufrimiento presente y afirma el destino glorioso preparado por Dios para los que le aman. Las Escrituras exponen esta gloriosa verdad en principios teológicos fundamentales.

La vida eterna es una promesa fiel de Dios

El apóstol Pablo afirma que nuestra esperanza descansa en “la promesa de Dios, el cual no miente” (Tito 1:2). La vida eterna no depende de circunstancias humanas, sino del propósito eterno de Dios. Jesús aseguró a sus discípulos: “No se turbe vuestro corazón… voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (Juan 14:1-2). Esta promesa revela que el futuro del creyente está en manos seguras. La esperanza de la vida eterna, por tanto, no es incierta, sino una certeza anclada en la fidelidad divina.

La vida eterna es un regalo de Dios por medio de Jesucristo

Jesús declaró: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Juan 3:36). La vida eterna se recibe por la fe, no por méritos humanos. Pablo refuerza esta verdad al afirmar que “la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). La obra redentora de Cristo en la cruz garantiza esta esperanza (1 Corintios 15:54-57). La vida eterna es gracia pura, accesible a todo aquel que confía en Cristo como Salvador y Señor.

La esperanza de la vida eterna transforma nuestro presente

La esperanza futura tiene implicaciones prácticas para la vida diaria del creyente. Juan escribe: “Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo” (1 Juan 3:3). Saber que nuestra ciudadanía está en los cielos nos impulsa a una vida de santidad, perseverancia y fidelidad en medio de las pruebas. Pablo nos anima a no desmayar, recordándonos que “esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Corintios 4:17). La esperanza de la vida eterna fortalece al creyente para vivir con propósito, obediencia y gozo.

Amigo, la esperanza de la vida eterna es una promesa fiel de Dios, un don recibido en Cristo y una fuerza transformadora para la vida presente. En la esperanza, encontramos consuelo, dirección y una certeza que trasciende la muerte y apunta a la eterna y gloriosa presencia con Dios.